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16 de octubre de 2009

TODOS HABLAN

Estoy frente al monitor viendo una imagen de una linda chica, no puedo decir que sea una foto fría, pues los pixeles le dan un colorido especial a mi novia llena de bits emocionantes. Ella no sabe que existo, ni lo sabrá nunca, pero yo me deleito con ver su foto, con imaginar que en este mundo alguien pudiera dedicarme (aunque sea por error), una sonrisa. No tengo derecho ni meritos para eso, por tal no me duele mucho,- al parecer-, que la foto no me sonría. Aún así, esperaría ver que ella llegara a mi puerta.
No tengo derecho a la honestidad, mucho menos al amor. Pero sí, -o creo-, a ver esa foto que tanto disfruto.

Ya me voy a morir y no reclamo nada, la culpa es toda mía. A pesar de ello, todavía me conmueve pensar en la infinita bondad de Dios, me sacude pensar en su incalculable amor y en la multitud de oportunidades que me dio. Yo las desaproveché todas. No tengo a nadie, pero el gran y amado Señor no me ha abandonado.

Espero que me perdone la gente, Dios ya lo hizo, y ahora Él es mi único amor, ¡pero qué amor!
Le agradezco a ella (me enseñó el valor de decir TE AMO) y te agradezco a Ti, Señor, por la mentira tan bonita que hizo ella, que mientras duró, me la creí y fui inmensamente feliz. Sólo merecía eso, falsedades, mentiras que a mi viejo y enfermo corazón, le parecieron la gloria y dicha jamás imaginada, pero ¡oh! bienvenido al mundo real. Nuca pude ni con todo me coraje ni con mis malditos enojos diabólicos, que alguien sintiera lo mismo que yo. Ese fue mi gran error.
Por eso ahora sigo viendo la foto obtenida de internet, y creo que también se empieza a descomponer, como todo lo que toco o quiero, parece que se arruga, como si fuera papel mojado por lágrimas. No es la primera vez que me pasa.

No me importa mucho tener en mis manos un papel deshecho, si es que en verdad lo tengo, es lo que Dios me dio y aunque se deshace en mis manos cada vez que lo veo, quiero amar ese polvo que se escurre por mis dedos; sigo esperando con el pelo ya muy blanco, a mi amor y a una esperanza que descansa en la ventana.

Estoy más que seguro que nunca vendrá, y aún así de vez en cuando volteo a la puerta; mi imaginación y deseo me hace sentir sombras, pero al limpiar las lágrimas de mi soledad, me doy cuenta que la puerta está vacía y limpia. Regreso la cabeza y Dios me espera y me sonríe, yo apenado, por querer tener una compañera, una mujer, me hinco y beso los pies del Señor, mi gran, mi único y verdadero amor, lo hago sinceramente porque estoy enamorado y agradecido de Él, pero a los cinco minutos vuelvo a voltear la cabeza disimuladamente a la puerta para ilusionarme con otra sombra imaginaria y deseada, ya no me importa que no sea una mujer de verdad, con la intencionada sombra me conformo. La ilusión me hace vivir unos momentos más y son muy maravillosos, porque todavía creo que vendrá esa mujer y ya la amo y hasta ya la extraño cuando tenga que dejarme por unos minutos para ir a ver a su novio y a su mundo real.

6 de abril de 2009

EL AVISTAMIENTO DE RAMÓN MATABEBO O, AMOR ES AMOR.

Se dice que amor es amor.
Y eso se puede aplicar en el raro asunto de la aparición de Ramón Matabebo que pasó desapercibido en la vida común de la gente diaria y lo que es más, en todos los archivos de sucesos extraordinarios; y lo que es peor, en los casos de la ciencia especulativa cuyo objeto de estudio son los dementes o casos anormales. El avistamiento no fue importante, ni siquiera espectacular. Pero fue un caso portentoso sin duda. ¿O, acaso fue un sueño arrancado de las amarillas páginas de un viejo libro de un manicomio, que la gente normal le llama archivo clínico?

Ahora, la breve vida de Ramón Matabebo tampoco fue motivo de recuerdos ni de comentarios particulares algunos. Eso se debió a lo mejor porque murió muy joven, -dirían unos- o porque en verdad no valía la pena, -dirían otros-. Pero no hay vida humana que no merezca una admiración o al menos una mirada de sobresalto.

Él era un ser pensante y sintiente, casi como tú o como yo, y eso ya es motivo de un discurso agradablemente humano, reflexivo y, ¿Por qué no?... Bello. Vivió aquí y respiró el aire que ahora tu y yo disfrutamos, lo respiró aunque no necesariamente de la misma forma, yo creo que era el mismo aire. Pues el aire finalmente es el patrimonio de todos, a diferencia del dinero, éste, al parecer, es lo único que nos hace diferentes en la ciudad o en cualquier otro lugar, pues pobres y ricos compartimos el aire con gusto y agrado, pero nuestros pulmones no puden igualar a nuestros bolsillos, éstos resguardan diferentes cantidades de maldito dinero. A los que tienen aire se les llama saludables o seres vivos, y a los segundos se les dice simplemente ricos. La clasificación es buena, pensaron los pudientes, pues su trabajo les costó acumular su riqueza y que bueno o gracias a Dios, todavía hay clases.

Todos vamos a morir, es cierto y en el futuro vendrán generaciones tan distintas a nosotros que enfrentarán sus propios problemas y miedos, el fundamental quizá sea, el de sobrevivir cuando acabe la vida productiva del Rey Sol, y entonces nuestros hermanos o hijos deberán buscar por todos los medios que no acabe la especie humana, aunque ésta sea celosa, envidiosa, ambiciosa, cruel e inhumana; todos cobijamos una sonrisa a lo mejor por miedo de que acabe tanta egolatría y al mismo tiempo por el poder desmedido que Dios, en una borrachera de bondad, regaló a los humanos. ¡¡Que afortunados somos de ser y de existir!! Y todo el poder se acaba en un segundo; lo mejor es, creo, el no apego a la vida, aunque es tan dificil no amar a lo que se ve como regalo a la vista y a la vida. Por ejemplo, Eugenia.

Aún así, esas eran dulces preocupaciones que pertenecían a otros, no a un muchacho de 17 años que vivía sin saber y después moría sin querer. A él le hubiese gustado conocer a un descendiente suyo, no en la tumba, como se acostumbra en el último de los casos, cuando ya no hay más, sino vivo, lleno de carnes con movimiento. Pero el niño que recitaba poemas hasta a los árboles en noches de lunas y sobre todo a las chiquillas hermosas e insuperablemente bellas de su época a las que les decía frases tan incomparables como las siguientes que dedicó a su mujer y novia, y a la que le pidió la prueba inevitable de amor, la cereza que sangra por única vez en el universo, murió:

Mi dulce niña o primavera de amor
Te amo porque aunque te alejes
Jamás podrás salir de la Vía Láctea
Eres mi pequeñita y la más bonita
Y no puedes salir ni siquiera de mi corazón
¿Cómo te atreves a salir del universo?

No puedes escapar ni con tu sonrisa cómplice
Ni siquiera en esa nube coqueta que ayuda
No puedes escapar de mi enamorado corazón
Siempre vivirás en él a pesar mío y a pesar tuyo

No te dejaré ir mientras llueva todo el día
Ni en el agotador sol de agosto que fatiga
No saldrás de mí nunca de ninguna forma
Ni como flor de mi tumba te podrás librar

Te amo y a ver qué puedes hacer contra eso
Me deprime forzarte a amarme, pero,
Prefiero eso a despertar sin tu amor,
Prefiero el chantaje de mis lágrimas
A limpiar mis ojos y no verte en mi soledad


Lo único cierto es que después de que vivió Ramón, le tocó turno para vivir a su hijo y después de éste a su nieto y por último a su bisnieto que se llamó Jaime; la línea sanguínea que unía a los Matabebo era el amor, la música y el cine pues las cuatro generaciones de ellos eran fans de las aficiones antes dichas. Eso y nada más fue la vida de ellos.

Un inolvidable Matabebo, el último, el bisnieto del joven Ramón, fue muy popular en Ecatepec donde trabajó por 31 años y en Pachuca donde vivía y era conocido como Jaime el ancianito guapo, el enamorado de la vida, el compinche de lo que hacemos, el que no quería morir. Jaime despertó aquella mañana estúpida y ordinaria como cualquier otra, con otro sueño insólito para comentar. Quizá el sueño no daba para tanto, pero al menos daba para recordarse a sí mismo. Pues al final los sueños bellos sólo se sueñan una vez en la vida. Una vez y nada más y hay que sacarles jugo.
Jaime amaba la vida como pocos. Era platicador y coqueto, pues le gustaba ver a las niñas de preparatoria con las que se imaginaba mil cosas.

A pesar de la beldad de su último sueño hermoso e intenso, Jaime el viejito, el enamorado de la vida , el compinche de la vida, el que no quería morir, murió ese día si bien ya entrada la noche.

Y finalmente ¿a quién le importaba todo eso? De hecho el anciano excéntrico, muy seguido soñaba situaciones absurdas y peregrinas. Pero aquella vez su sueño si fue sobresaliente en verdad (despertó llorando), aunque todos sabían que era una extravagancia muy propia de su edad. Nadie le creía una palabra de lo que decía aunque todo fuera real. Y ese fue el último sueño del fantasioso. Parecía que la edad exacerbaba su delirante imaginación. Nadie lo criticaba pues era con escasa diferencia, un moribundo al que se le permite casi cualquier cosa, casi cualquier capricho o ilusión debido a su inexcusable condición poco envidiable de aquél que dice adiós con la mano para siempre. Se reía como un loco que nunca había tenido vacaciones (o como un payaso sin chistes frente a un circo lleno de público), y ahora que tenía las vacaciones, no sabía qué hacer con ellas. A pesar de todo, era un hombre muy triste porque nunca tuvo la dicha y fortuna de tener un hijo. Nunca tuvo el contento de abrazar a una parte de él mismo, producto del amor. Él creía en la intuición y sospechaba que era bueno estar vivo tal como lo dice una de las mejores canciones de todos los tiempos y que es de John Lennon y que se llama así: Intuición. Filosófica. Extraordinaria. Irrepetible. Acaso el dedo pequeño de Dios.

Vestía bien casi siempre de traje o ropa formal, usaba casimires importados cuando podía y tenía un bigote negro perfectamente recortado que de plano desentonaba con su cabellera blanca y para nada abundante. Era un viejo presentable aunque la ropa fina no podía ocultar el vencimiento y envejecimiento interior. A lo mejor las ideas no envejecen pero los cuerpos sí, y muy rápido.

De seguro se pintaba el bigote y decían muchos que no le caería mal si igualase el mismo tono de tinte a las patillas, pues eso sí, elegía un color daltónicamente distinto al resto del poco pelo.
Todas las noches se persignaba, creía en la reencarnación; y al primer trago de cerveza le surgían ideas francamente extrañas. Era un enamorado de la vida. Era uno de esos locos que necesita la vida. Amaba a sus antepasados, y exgía que a su amor se le pusiese una veladora cada día de muertos: era ella la linda mujer que por más veladoras de muertos que se le pusiesen en el altar, jamás podría morir.

Como no tenía hijos, el inolvidable viejito que daba lástima, usaba su energía en darse esos lujos es decir, en tener sueños infrecuentes y demenciales, para decir verdad, todos los platicaba y comentaba con su peluquero, pues salía más barato cortarse el poco pelo que tenía, que consultar a un psicólogo: divagaba en imposibilidades y luego las materializaba en la casita de nadie, llegaba a los juegos de cuando uno es joven y se invita a otros inocentes que también crecen irremediablemente hasta convertirse en viejos. Aunque no todos estén tan chiflados. Comía diariamente a la misma hora aunque no el mismo lugar, pues le atraía mucho, los distintos sazones de las señoras del mercado.

Claro que la primera regla por ser viejo es convertirse en sumiso, es una ley natural. Esa es la principal condición que los locos respetan, si no fuera así, los enanos ya no estarían haciendo poemas en el circo de la desigualdad, ni tampoco los animales vivirían en la desventura de trabajar por comida; hacer una pirueta por un bocadillo, bien vale la pena, casi todos lo hacemos, “Al menos yo, confieso, lo hago frente a las señoras del látigo que para suavizar el adjetivo les dicen “licenciadas”. Son intratables e incompresibles, pero hay que comer, no hay de otra”, reflexionaba el viejito.

Aunque Jaime el iluso, el coqueto, no era tan viejo, dado el alcance de la medicina de 2009, a sus 77 años no era ya el seductor, el conquistador ni el muchacho que alguna vez Dios le dio oportunidad como a todos los seres vivos, y si no a todos, al menos a los más queridos por la Divinidad o Fuerza Invisible, de ser una aproximación de la eternidad a través del amor.

Dios les dio a aquellos afortunados, dulces privilegios para gozar el mundo sin reflexiones profundas y todavía más, sin preocupaciones, que ya es mucho decir. Jaime el enamorado de la vida y de los hijos, se casó cuatro veces y cuatro veces dejó a sus esposas no preñadas, y las abandonó por que no pudieron darle un vástago o descendiente. Desde luego la culpa de no poder procrear era únicamente de él.

Sin embargo ese gran día, Jaime soñó, después de haber visto un programa de gran calidad en National Geographic, que visitaba a la luna Titán y que veía a unos seres gigantescos parecidos a los Atlantes de Tula pero sentados en tronos y con una cola señorial. Eran tan grandes que cualquier medida humana sería un insulto al límite de la comprensión.

Jaime Matabebo despertó enfermo como de costumbre sin que nadie le hiciera caso, pues no tenia parientes ni hijos, decidió entonces sabiamente ir a caminar al parque Pasteur de Pachuca, aquél que había sido cementerio hacía ya algunos años (y donde yacían los restos de algún antepasado suyo), y que ahora era paseo de algunos vivos, era un jardín hermoso, lleno de algunas bellezas que la historia las califica siempre de señoritas. “Mi corazón no, claro”, dedujo el vetusto. Pero es incomparable verlas caminar, pues limpian todo a su paso y con sus sonrisas mejoran la mala vibra, como flores de extrema fragancia. Eso que dejan ellas, (que parece perfume), se llama amor. Son las hierbas que usan los brujos para las limpias. Son la maldita bendición de la vida y no es coraje. Mucho muy al contrario.

Sobre ese piso tan plural: nuestro parque Pasteur, el anciano había visto ofrecimientos de niñas a viejos asquerosos, “No sé si por dinero, por lástima, por experiencia o coraje, pero no creo que por amor. O no sé. ¿Quién soy yo para afirmarlo?” Se decía a sí mismo. Y los árboles presumían todo su esplendor, como retando al tiempo, se mecían al ritmo del aire y parecían sustancia de los que ya no están físicamente, al menos en forma de humanos, pues en forma de viento, parecían insistentes. A lo mejor por eso le dicen a Pachuca, "La bella Airosa". Eso a lo mejor, no lo sabremos nunca. Al menos no ahora. Pero se intuía ya que amor es amor.

El viejo buscaba alegría y algo de vida para sus ojos cansados y moribundos, por eso no se había ido a internar a un asilo de ancianos si bien tenía dinero para hacerlo, pues había trabajado para el sistema de agua del gobierno priista, el ingrato partido de sus amores, rival de sus antepasados rebeldes por una mejor justicia. De hecho, esa no era la equivocación política más grande de su vida pues alguna vez votó por el PAN a pesar de pertenecer a una convincente ideología de izquierda. Él creía en la igualdad terrena.

Fue, digamos, un hombre con suerte, un travieso a quien no le importó la saliva perdida de una novia o muchacha, que enamorada entregó su vida a otro más hombre, ó si no más hombre, al menos al más suertudo o dichoso. ¿¡Qué importa la sangre de un amor si en ello se juega la sangre propia!? Él amaba y admiraba a las mujeres que no eran vírgenes, a diferencia de su bisabuelo que en paz descanse, quien pensaba justamente al revés. Eran valores distintos posiblemente acordes a la época de cada uno de ellos.

Ese día inolvidable para los que piensan o creen vivir, iba morir el cascarrabias de Jaime Matabebo, obvio que él no lo sabía. E inocente fue a su parque favorito a buscar parejas de lesbianas que era su distracción predilecta: Niñas besándose en público, ese era su mejor dulce para su muerte inevitable y hasta cierto punto descanso a sus terribles pensamientos y calma a su locura de emociones.

De pronto Jaime, el viejito enamorado, el compinche de la vida, el que no quería dejar el traje, el necio para morir, vio a un chamaco de 17 años bastante extraño. Era casi un competidor. El desconocido estaba vestido como un niño de películas antiguas y miraba todo a su alrededor bastante sorprendido y hasta se pudiera decir que estaba asustado. Era un tipo raro no sólo por su edad sino por sus ropas y su forma de ser. Era un retador del destino.
De toda la gente del parque, sólo el escuincle ese tenía una rara y poderosa semejanza con el enojón. Parecía, según sus ojos, casi como el rebelde que fue el viejo Jaime hace años, hace muchos ya. Verdaderamente.

El amante de la vida cotidiana tuvo miedo, sobre todo cuando el joven temerario se acercó al decrépito con mirada asustada pero desafiadora. Lo miró a los ojos y Jaime no tuvo otro remedio que responder a las preguntas del niño que inspiraba algo de respeto, amor o miedo. No sabía por qué. Era como su hijo, aquél que nunca tuvo, pensó.

Pero Jaime Matabebo nunca pudo ser un progenitor. El maldito destino le negó la dicha de vivir neciamente unos años más a través de otro ser que la gente les llama hijos. Éstos, son como extensiones de uno mismo, son continuadores majaderos de un destino finito que a resumidas cuentas es invencible y que ni las trampas como el amor ni la conquista amorosa de Dios, jamás han podido ni podrán burlar o derrotar. Y aunque sean inútiles, ¡qué bello es cambiar un pañal a un bebé o dar un consejo a un adolescente, o un beso a otro ser que se avergüenza de nuestras canas!

Aquél joven se llamaba Ramón Matabebo. ¡Sí, se apellidaba igual que Jaime! Esto se debía a que el joven Ramón Matabebo era bisabuelo del anciano. Expliquemos esto. Si es posible.

Ramón Matabebo no fue en realidad un adolecente precoz, de hecho solo tuvo una novia antes de la madre de su hijo quien al paso de los años se convirtió en el abuelo de Jaime Matabebo.
Ramón con su segunda novia, Hortensia, tuvo un noviazgo francamente corto, pero lo suficientemente largo para incluir en él, las consabidas frases de amor, las promesas de eternidad y cuatro relaciones sexuales, todas con protección que consistía en coito interrumpido, pues en esa época no había ni tanta información, ni tanta permisividad moral, ni mucho menos tantos métodos anticonceptivos. Estamos hablando de hace más de doscientos años.

Aún así Hortensia salió embarazada aunque Ramón ya no pudo conocer a su vástago, pues antes de que éste naciera, el inmaduro padre perdió la vida trágicamente.

Ramón se mantuvo en el limbo hasta que se presentó la oportunidad (Gracias a Dios, por portarse bien y por una gracia singular), de conocer a su último descendiente: Jaime Matabebo. Era conocerlo y descansar en la cama suave de la eternidad. Él ya no podría vivir en nadie más, con Jaime se acababa para siempre el apellido Matabebo. Fue su última oportunidad de conocer a la vanidad de la perpetuación de su sangre, o de vida, egoísmo y vanagloria y por eso se le permitió, excepcionalmente, despedirse de su última oportunidad en la tierra. Ramón era un buen chico en verdad.

Ramón Matabebo cambió las valiosas gotas de su sangre, su vida, sus únicos fluidos existenciales y su futuro terrenal, sólo por conocer a la última sangre de su sangre, a su hijo amoroso, a su muerto inevitable y a su descendiente final. Y no le importó en qué condiciones ni a qué precio.

A lo mejor se le concedió su apasionado deseo porque finalmente a Jaime se le vedó el derecho de procrear, es decir, de tener un hijo, de heredar sus problemas y fortunas y un poco de ADN, de hecho esa tarde hermosa en Pachuca, fue la última que Jaime vio en su vida y por consecuencia también la última de los (enamorados de manera filial) Matabebo. Nunca volverían a ver el mundo, y lo último que vieron fue el Jardín Pasteur de Pachuca, el lugar de encuentro de muchos desencontrados.

El alquimista mágico confundió las fechas y personas, tuvo una distracción y no vio el reloj, permitió que dos seres humanos llenos de sentimientos honestos y deseos desencadenados pudieran conocer a su línea sanguínea perteneciente aunque no en un orden lógico y normal. Pero les juro que eso es lo de menos. Lo importante es la magia que se consiguió. Pachuca y su bello Parque Pasteur fue el escenario, porque: Amor es amor.

El bisabuelo que debía tener muchos años de muerto se veía -sólo por esa tarde maravillosa en el Jardín Pasteur-, rebosante de juventud y ganas, en tanto que el bisnieto se veía viejo y temeroso a la muerte. La diferencia es que el segundo estaba vivo y el primero no. Éste, el joven, veía azorado los cambios: las putas de ahora no eran como las de antes aunque el amor y el dolor seguían siendo igual que siempre, además seguían siendo identicamente, o a lo mejor un poco más bonitas. Es una sublime tentación que ni los muertos pueden pasar inadvertida.

El viejo sintió ternura y admiración cuando vio al joven, en tanto el joven sintió curiosidad y miedo cuando vio al viejo. Chocaron dos generaciones tan distintas pero al mismo tiempo unidas por un sentimiento compartido: amor y un vivir aunque sea en el corazón y boca de otros.
El encuentro se debió al amor filial que por razones lógicas también intervinieron mujeres en el milagro, es decir esposas y madres. Ambos se volvieron niños por un instante y jugaron felices, en un juego previo a la eternidad. ¿O acaso un juego previo a la nada?

Los dos hombres, los dos seres humanos que se negaban a la muerte, se vieron la cara, cruzaron algunas palabras y por un halo fantástico se abrazaron.

La gente del parque los veía sin ningún asombro, la escena era sólo un abuelo abrazando al nieto, pensaron uno o dos que se molestaron en voltear la cabeza para ver uno de los tantos cuadros que tiene nuestro Jardín Pasteur. Otros no hicieron caso de ese momento irrepetible, pero lo cierto es que era justamente al revés: en realidad era el bisabuelo que se dejaba abrazar cariñosamente por el bisnieto aunque los cuerpos físicos contradijeran a la ciencia y a la lógica más elemental.

Para el viejo ver a su bisabuelo vivo y joven, fue una premonición fantástica, fue un avistamiento increíble y extraordinario, no vio jamás a un descendiente por que así estaba escrito en su destino, pero vio a su bisabuelo. ¿Quien de los dos tuvo el hechizo de tal privilegio? Creo que fueron los dos por tanta energía deseada. Pues amor es amor.

Después del abrazo cada quien tomó un rumbo distinto: el bisnieto llegó a su casa para morir y el bisabuelo regresó al limbo para esperar a su último descendiente con los brazos abiertos.

Posiblemente dentro de este engranaje absurdo, sólo el papá de Jaime Matabebo no tuvo problemas existenciales ni siquiera post mortem. Tampoco los tuvo el hijo de Ramón Matabebo, él también fue un padre feliz que aunque sólo tuvo un hijo varón, vivió su vida feliz e hizo una familia unida y bella.

Quizá los únicos atormentados por el derrotero de la muerte, fueron el impredecible y vigoroso Ramón y el romántico y senil Jaime Matabebo. Pero para eso existe Dios, para componer los errores de sus discípulos.

Ramón y Jaime Matabebo se murieron como cualquier otro maldito o bendito mortal, no más, no menos, se perdieron en la inmensidad de la nada. Corrijo: en la bendición del universo y contra eso no hay antídoto, sólo que ellos a diferencia de nosotros tuvieron un momento extraordinario, bellísimo y didáctico en sus vidas al encontrarse el uno con el otro. Porque como ellos lo supieron, amor es amor.

A lo mejor sólo fue otro sueño y demencia senil del acabado Jaime. A lo mejor leyó mucho sobre sus antepasados o le platicaron demasiado sobre sus ancestros aquella inolvidable noche de año nuevo de 1964, para terminar ahora de esta forma.

Lo cierto es que Jaime Matabebo murió sin el abrazo de hijos, pero con el abrazo de un papá lejano aunque aquél fuera sólo un chamaco vestido antiguamente. Era un abrazo de un amor indescriptible en el cual el tiempo es irrisorio. Contra el amor, las dimensiones, la distancia y la lógica, sirven de bien poco.

Pues, amor es amor.

26 de marzo de 2009

LA MUJER EN SU INMENSA DIVERSIDAD, ES UN MISTERIO PARA EL HOMBRE

La mujer en su inmensa diversidad, es un misterio para el hombre. Pero lo es más, aún, para seres desarmados como yo.

Fabiola es todavía una exageración de esas misteriosas o enigmáticas mujeres endulzadas que disfrutan su vida allá arriba. Me ha descompuesto las pocas ideas que creí tener ordenadas. ¿Me preocupa? Sí, y bastante. Aunque tampoco hay mucho que hacer al respecto.

Desde entonces ya di por entendido que mi boca nunca conocerá el sabor irreal de esa inexplorada hembra azucarada. Sin nadie, me resigno y me deleito yo solo, (como si me hiciera cosquillas yo mismo en el pie), lo hago en mi mansa tarea diaria de acariciar, besuquear, abrazar, enamorar, lamer, atrapar, conquistar, jugar y convencer a la resbaladiza, frívola y casquivana, luz de luna, -que además es lo más parecido que encontré a Fabiola en este universo y de la que ni siquiera puedo decir que esa luz sea mi novia o mi amiga-, lo digo apoyado en mi único bastón que no suelto por nada: mi celosa red de pescador que ahora agito enamorado con emoción indescriptible afuera en la noche; mientras todos están riendo y bailando adentro en la fiesta. La ondeo perturbado y fuera de mi, con fuerza y coraje pero con una esperanza dulce, la sacudo maniático desde mi barca de locura que navega perdida en medio de la calle vacía, entre olas fuertes de desencanto, en un violento mar de absoluta soledad y en medio de una terrible tormenta donde no hay nada ni nadie, sólo mi imaginación y ella.

Arrojo otra vez mi amada red al piso de la calle, esperando tener suerte en esta ocasión irrepetible. Pero la luz de luna se mueve lenta y a veces muy rápido en todas direcciones y juguetea con el loco que la ama y luego se encubre soberbia. Recojo mi red y la veo vacía, entonces busco a la luz de la luna en los árboles y en las sombras que ellos generan. La busco en los escondites más inverosímiles y en el pelo de las mujeres. La busco mientras dura el efecto de las copas y mientras dura la noche, pues al amanecer las escurridizas radiaciones de la coqueta luna desaparecen como los fantasmas de mis sueños delirantes. Si eso pasa, entonces habrá que esperar a que obscurezca de nuevo. Descubrí eso y lo acepto, diría yo que hasta me gusta el desprecio. Eso a mi corazón demente le parece… amor. Lo que pasa es que es lo único bello que he tenido. No he tenido más y es lo más bonito que Dios me ha dado: Buscar amor.

A esa enigmática mujer la he buscado en todas partes incluso en mi propio corazón, pensando que tal vez ahí ha estado siempre y que es su escondite favorito, y que a lo mejor todo ha sido sólo una broma ridícula que me hacen los de arriba para divertirse; me refiero a este desencuentro sobre mi incontenible amor que siento por ella y que nunca pude acertar en su corazón, a pesar de los rayos de la tempestad que alumbran por instantes la obscuridad de la insensatez.

Pero el estúpido y frágil títere de mi corazón ya se cansó de este numerito y rutina, pues lo hace a diario y sin paga, si bien levanté a ese flojo a patadas una vez más, pues el espectáculo todavía no ha terminado. No ha terminado con un final feliz. Y tenemos que trabajar para eso. Le dije “Ocúpate títere. Hazlo por mí”. “Pues quiero vivir”. “Dicen que sin amor no se vive”. Aunque si eso significa vivir, yo vivo por que la amo.

Algún otro loco que vive con estas depresiones parecidas a la mías, diría sin fortuna, que simplemente es la realidad. Algo distinto a los sueños. Pero yo no necesito analizar el origen o causas del desamor. Sólo sé que no he podido engañar a nadie por mucho tiempo. Cuando al fin las incautas niñas horrorizadas ven al Frankestein sin lentes y roncando en el silencio del no deseado suspiro y en el desventurado aislamiento de un fugado del manicomio, se van sin hacer ruido, cargan un veliz lleno de asco y arrepentimiento que tiran en el primer bote de basura que encuentren a su paso, como si el pobre bote de basura tuviera alguna culpa.

Dejan atrás, al perdedor disfrazado de hombre o intento de él. Muchas se han sumado a este rencor histórico. Y siendo optimista podría decir: ¡y las que faltan! Pero creo que mis años ya no me permitirán lastimar a nadie más. Eso no lo sé. Aunque lo deseo y lo digo dormido, pues alguna bella debe mirar hacia abajo, es el destino. En la coladera todos los seres como yo, que vivimos abajo, nos movemos y sonreímos a todas las chicas que pasan, nos agitamos como presos de una cárcel que buscan a un abogado honesto. Pero muy pocos tienen suerte. Yo todavía no.

En mi absoluta tristeza, me salen canas de la cabeza en lugar de ideas y alcohol de los ojos en lugar de lágrimas. Muchos sollozos son sinceros. Otros son todavía, más que sinceros.

Aún dentro de toda esta injusticia: (pues creo que yo no merecía escribir esto, y tu no merecías leerlo), parece que la antítesis del héroe, merece un lugar especial en la galería de villanos. Sin personas como yo, el bueno no sobresaldría tanto. Es necesario el personaje malo en la película, para darle cierto sabor y romper la monotonía de lo perfecto. Así que los buenos me deben tanto a mí, pero jamás notarán las lágrimas que se ocultan tras mi maquillaje de lobo, (o lentes negros ya muy rayados). No sólo las víctimas lloran, algunas veces yo también lo intento y no me cuesta trabajo. A pesar de que el egoísmo reclama lo suyo. Contra el dolor casi nadie puede ganar. Yo ya perdí las esperanzas de ganarle. Dijo el director de la telenovela que yo no debo llorar, no en cuadro. Aunque yo no creo en las telenovelas.

Y si vieran ustedes nobles y bellas personas que nunca han pecado y que pierden el tiempo en esta lectura, que aquí abajo en la coladera se vive tan bien. Bueno, tampoco hay otra opción. En estas cochambrosas paredes que atesoran y coleccionan los desechos de las personas buenas, en estos muros que son negros, sucios, mal olientes y obscuros, hay disimuladas y escondidas pequeñas sonrisas, casi o muy parecidas a las de la gente que vive arriba. Uno se acostumbra a convivir con las ratas peludas e inmundas que son las fieles compañeras que viven aquí, son las grandes y únicas vecinas. Las queridas ratas que hacen ruido y que uno aprendió a perderles el miedo; a veces parecen veloces caballos que corren libres en el extenso prado, llevando en sus desaseadas espaldas los sueños de muchos que son como yo. Pues tampoco pretendo ser el único desvelado que sufre el desprecio del mundo, mi vanidad y orgullo no llegan a tanto. Todavía no.

Enigmática, ya entendí el mensaje, pero no me pidas que nunca vuelva a intentar bajar una estrella con mi mano sucia, ni interrumpir el amor de dos bellos. Eso no está en mi, o al menos no en mi voluntad, es una necesidad del pasado, que yo malamente represento.

Y dejar huella, entender la vida, provocar una sonrisa, buscar una mirada, luchar por un pensamiento (de alguien hacía uno), tener una idea, comer sabroso, reír un poco, agradecer a Dios por este rato, recordar algunos conceptos de grandes pensadores, jugar con un niño, respirar el aire, ver la inmensidad del cielo, oír música bella... Eso les toca a los que están arriba de la coladera. Sin embargo nosotros los que vivimos aquí abajo se nos antoja ser como ellos.

Ahora me duele el cuello, porque desde que conocí a una de esas mujeres enigmáticas, ya no quiero ver para abajo, me gusta mirar a los que viven arriba de la coladera y de paso mirar al cielo azul. ¡Qué hermoso es! Y las nubes blancas le dan otras tonalidades. ¡Es el otro mundo del que nos platicaron! ¡Sí existe!

Pero regresaré abajo con lo mío, no me queda otra, pero antes de dormir recordaré lo que vi hace poco: gente buena sin errores y felices. Mientras yo recapitulo el robo mental que hice a los de arriba, a la gente amiga del sol y de las flores. ¡Qué envidia tengo y de la buena!

Y pensé que no es bueno llorar tanto, pues si no llenaré la coladera de lágrimas y yo quiero morir envenenado de amor no ahogado en el desencanto. Pero es difícil no hacerlo.

Todo eso lo busqué e imploré en una mujer que vive allá arriba, afuera de la coladera.
Pero desde acá abajo no se oyen los lamentos ni los suspiros. Y con todo el respeto, temor y miedo que una cucaracha puede sentir hacia un poderoso insecticida y a mi enemigo que me va a vencer, el fumigador implacable digo:

La mujer en su inmensa diversidad es un misterio para el hombre. Pero lo es más, aún, para seres desarmados como yo.

31 de marzo de 2008

MARIPOSAS

Su origen formal es un barro común que fue inventado por Dios sólo que aderezado con una exhalación espiritual, fantástica, única y divina. Al principio son gusanos de la tierra que se arrastran para vivir, nacieron del lodo bendito y hasta tienen deseos, miedos y errores. A cierta edad les crece la cadera, su principal arma de conquista con la que seducen al más pintado. Como si fuera poco, Dios también las dotó de intuición, fuerza, ecuanimidad, amor, ternura, sabiduría, belleza, consuelo, sentido común y práctico. Además les dio bella voz, delgada y frágil. ¡No pudo haber nada más perfecto! ¡Es el diez de Dios!

Sonrien, (es decir... ¡matan!).

Me atrevo a aventurar la idea de que el Creador se equivocó al inventar al hombre, pero corrigió y mejoró su intento y error al crear a la mujer. ¡Qué creación tan perfecta! Tan ideal que ni siquiera se puede estudiar o comentar, sólo vivir y apreciar de lejos. Ellas son una golosina para el tiempo, son resignación para la nada, el lado bueno de la luna, la parte linda de la creación, el sentido amable del sufrimiento, el premio fabuloso para el que se porta bien, la cara buena del universo y la adversidad.

A veces, si quieren, comen dulces.

Al principio son apenas semillas pero luego se convierten en flores hermosas, son amaneceres tiernos y más tarde días resplandecientes. Son promesas y luego realidades. Son alegría y complemento perfecto. Son la parte sorpresa de las fiestas. Ellas son el orgullo de la humanidad y el motor que siempre la ha movido. Algunos les dicen mujeres pero son los menos, (le dicen así los que no quieren pensar o los que no quieren descubrir su verdadera identidad), pero en realidad son diosas que dan de comer, que alegran la vista, que conforman al espíritu, y que dan placer sólo por existir. Tanto que cada que vez que uno mira a una de ellas tenemos que decir con sinceridad "Gracias Dios mío".

Eso sí, siempre son bonitas.

Su cabello, sus pestañas, sus ojos, sus labios, son consuelo de todas las desgracias del mundo. Sus lágrimas (porque a veces lloran aunque muchos lo dudan) es agua bendita que lava todos los pecados. Son la paz de las iras, los celos de las estrellas y las flores, la envidia de lo infinito, la inspiración de los más agraciados poemas y canciones, (que siempre se quedan cortos), el motivo de las guerras y luchas, el intento de la religión. Son el logro de la perfección, la realidad de lo imposible, lo sublime del lodo terreno.

Muchas veces, provocan celos.

Son como niñas que buscan el engaño de los sentidos y razonamientos; son un abrumador despertar cuando sabemos que al salir a la calle tarde que temprano veremos a alguna de ellas con movimientos gráciles y sentimientos inigualables.

De pronto y de la nada, suspiran.

A pesar de todo tienen el defecto de querer ser bellas como si por nacimiento no lo fueran ya, así que usan entre otros el lápiz labial para dominar a la humanidad (como si no estuviera dominada ya), no tienen piedad y se ensañan con los pobres que necesitamos amor. Los hombres nos defendemos de esas orquídeas perfumadas haciendo grupos musicales, cantando canciones o inventando poemas, incluso escribiendo cuentos o novelas. Pero no existe antídoto contra la hechicería de su poder. Son finalmente las dadoras de vida, el regalo supremo para los soñadores.

Cuando se les antoja, intuyen.

Sin embargo en las mañanas y a veces en las tardes, dejan de ser perfectas y se vuelven mariposas que se refugian en las noches e inventan al sol de entre la obscuridad y vuelan de un lugar a otro eludiendo las redes de los coleccionistas, evitando ser atrapadas; (cuando se vuelven insectos frágiles, se convierten en la única posibilidad y forma de tenerlas, poseerlas y hasta de conservarlas), pero nunca se dejan tocar, sólo se dejan admirar orgullosas. Y tal vez sólo muertas, podrían formar parte del gabinete de un entomólogo. Alguien les inventó la falda y los nombres bonitos, pero creo que no son necesarios, el amor de una dulce figurita de esas no tiene paralelo.

De verdad, les gusta la música.

Y cuando se convierten en mariposas les gusta volar mucho y les fascina jugar con los colores y posibilidades, juegan con el tiempo, las flores, las perspectivas y la eternidad. Se mecen en el aire llevando entre sus cálidos brazos a la fe y a la dicha. Son dueñas de las voluntades, de los espacios y de las creaciones. Sus escenarios son los caprichos, parecen hadas pero sólo son mariposas que vuelan de un lugar a otro. Y ríen y hacen travesuras; a veces sienten vergüenza de un modo que me hace pensar que son casi humanas pero luego me arrepiento de mi parecer por qué no son humanas, sólo son seres extraordinarios que aman el agua, la luz, los colores, los sonidos y la vida y que se juntan con nosotros sólo por mandato divino.

Con ropa bonita, bailan

Tienen hijos y conquistan el mundo con una sonrisa y un pensamiento mordaz, alegran la tristeza con una mirada. Son amigas y consejeras, son intermediarias de Dios, son ángeles disfrazados.

Convencidas, bendicen al mundo.

Pero además no se les puede decir nada porque de inmediato nos acusan con Dios y con un aliado así, no se puede jugar ni competir, creo que no se vale y es injusto.

Yo no las amo, más bien siento envidia por su forma de ser, ellas son grandeza aún sin querer serlo, y yo sólo soy su admirador número uno. Y desprecio que sean mariposas vistosas, llenas de colorido, belleza y aroma, porqué cada que me acerco a una de ellas vuelan irremediablemente, ¡aletean tan despectiva y soberbiamente que pareciera que nunca van a morir! Y después de que se alejan por el cielo azul, todos levantamos la cabeza para perseguirlas con la mirada, algunos cazadores y coleccionistas con la red vacía en el hombro y otros con el asombro de su vuelo. Algunos las han tocado, otros las han tenido y muchos las hemos llorado.

Se dejan el pelo largo.

Pero esos insectos majestuosos de mil colores y formas no son inmortales a pesar de su belleza y yo soy un humano que las adora y es feliz con solo verlas volar, (pues sugieren de muchos modos la eternidad), sólo soy un demente cazador que tiene alfiléres filosos listos para clavárselos en sus delgadas y finas telas con las que vuelan, que no son más que cristáles de ternura coloridos; soy un perdido en el bosque que sólo puede describirlas en su textura, pero que nunca ha tocado a ninguna de ellas. No sé qué se siente tocar ese par de alas hermosas.

De lejos, huelen a perfume.

Es paradójico que las mariposas a pesar de su fragilidad, tengan tanta fuerza con la cual atrapan el gusto de cualquier mortal entusiasta y enamorado.

Hasta sin querer, conducen destinos.

Vuelan a voluntad y reviven a cada flor marchita sólo con tocarla. Después de eso se confunden con el arcoíris y son triviales, se posesionan como reinas de la naturaleza y presumen sus colores, dejan un hálito de felicidad a su paso que nos seduce y encierra a nosotros los que todavía estabamos cuerdos en un manicomio sin salida.

Inspiran canciones y seducen.

Mariposas que como distracciones y olvidos vuelan alrededor de mi cabeza, cuando abro los ojos, de inmediato corro a atrapar a una de ellas, a la que sea, pero vuelan espantadas, pues ya dije que odian las redes de curiosos.

Sangran y con eso, dominan.

Yo ni con canciones bonitas podría atrapar a ninguna de ellas, pues son benditas y las protege Dios, y ni siquiera cansadas de volar bajan lo suficiente, lo suficiente para ser atrapadas. Les he puesto trampas de agua, de comida, de flores, de silencio, de cascadas y hasta de amor profundo, pero no se acercan. Las he engañado con todo pero no dan su amor.

Nunca dejan de volar.

No he podido atrapar a ninguna de ellas porque aparte de que en ocasiones vuelan muy alto, mi red muy cansada ya tiene muchos, viejos y grandes agujeros.

Por todo el esfuerzo, cansan.

Sentado en una roca fria con las manos vacías y ya resignado sin el auxiliar de la red ilusionada que furioso (por ser un objeto inútil) arrojé al río, sólo me conformo con mirarlas volar.

Inspiran, provocan y se dejan amar.

He visto de ellas que a veces aman, y cuando lo hacen, dicen que es muy profundamente.

Siempre son y serán benditas.

Son.... Mariposas.

12 de enero de 2008

UN ENTROMETIDO EN TIEMPO AJENO

Nadie contestaba mis mensajes de celular, nadie sólo una chiquilla que quiso jugar con un moribundo.
Y mientras ella jugaba, yo quería vivir un poco más,
por eso traté de robar una sonrisa de chica dulce que siempre ha pertenecido a un privilegiado.
Quise robarla yo, un vulgar ladrón que está en la cárcel, que no tiene derechos
Y que sólo por conseguir esa intención, hubiera hasta teñido mis canas, de verdad
Pero no pude, el botín era demasiado ambicioso, incluso para mis tontos sueños

Fui un inocente, un indebido que se formó en la fila donde iban a repartir dulces
Y aunque a todas luces yo no merecía una colación, alce la mano pidiendo amor
Lo hice por si podía aprovechar algún error o una muy dulce equivocación
Pero la sublime, la bella, aunque inocente, supo cual era su destino conveniente

Así que no pude consumar el doloroso fraude, la justicia y bondad siempre ganan
No sirvieron los trucos de un mago pasado de moda, ni mi voz de locutor
Ni todas las suplicas de un corazón viejo, ni las canciones más bellas
Ni las emociones cansadas, ni las ilusiones enfermas de edad que le di

Y sin embargo, ella me parece lo más bello que ha habido bajo la luna
Soy sólo un pordiosero frente a una dama llena de misericodia
Un pordiosero que arranca inspiración de lo imposible sólo por verla
La ganancia fueron unas piadosas sonrisas lanzadas por su gran bondad

Mi plato no está más sólo, tengo una ilusión aderezada de una oportunidad
Compasión de la niña buena, -gracias por la sonrisa-, por eso vale tanto
No tengo con que pagar el intento ni la mentira que me hicieron ser otro
Las que inmerecidamente arrojó al plato del mendigo que pide amor

Y después del gran esfuerzo, ¡oh pequeña! por mi quedas ahora liberada
Sigue con tu libertad limpia y bella que por eso te adoré
Aunque aquella esté condicionada a ese joven con la varita mágica
Yo no soy de este tiempo, por eso no puedo siquiera opinar (sólo sentir)

Muy agradecido de ti, sigo mi viaje en el transporte colectivo, solo
Ahora bajas tú, después será alguna otra, estoy acostumbrado
Será hasta que Dios diga que basta de que yo pida amor sin resultados
Basta de que busque amor y menos con quien no es mi turno

Basta de molestar; aunque fue la ilusión más bella que pretendí.
Sí, fue una ilusión que ni siquiera esperaba yo. No, no la esperaba
Pero me desengañó, por eso sigo necesitando y buscando amor

(Y sigo escarbando en la tierra, buscando como cualquier minero:
Amor). (Y de vez en cuando limpio las lágrimas de mis ojos y tomo cerveza, a lo mejor sólo es un pretexto no valido, para dejar descansar un poquito a mi pala vieja y muy gastada, no me gustaría que se rompiera ahora, ahora que creo estar cerca del amor, no lo puedo saber, la mina está muy obscura).

Y aunque todavía llueve en mi corazón,
a cada palada que doy buscando a ese insesato llamado amor en la mina sin fin, me hago más viejo.

7 de octubre de 2007

CUIDADO CON LA TRISTEZA

Daniela que no era otra cosa sino una mujer con bonita cadera, (¿y que mujer no tiene eso?, pues la cadera es sólo una de las tres mil doscientas veintitrés trampas con que Dios dotó a la mujer para enamorar, seducir y perder a los hombres y de paso, hacerlos creativos y hasta artistas, sólo con la finalidad de conseguir el premio de un beso femenino). (Un primer¡ah!) (¿Quien no quisiera de postre ese dulce?) (Otra de las fullerías sutiles, perfectamente insuperables y únicas es la sonrisa de mujer, ¡mmmm!, otro sentido ¡ah!). Ella era, es verdad, no muy guapa, pero finalmente, era una de las interminables composiciones divinas, mezcla de chica, mujer y ángel, pero sobre todo de chica. Daniela nunca hubiese querido ser manoseada, ni mucho menos en la forma en que lo fue la primera vez, ni por quien lo hizo, al menos hasta llegar a su matrimonio, porque entonces eso ya es muy diferente: si durante esa libidinosidad está por medio himeneo no es de ningún modo malicia ni pecado, es, en todo caso, una caricia de amor.

Pero el manoseo en su cuerpo virginal le sucedió antes de su boda, ella no le quiso o no le supo guardar a su esposo, esa experiencia machista de sentirse dueño de lo inapropiable.

Aquél día que Daniela vivió esa práctica tan común entre los seres humanos en su propio cuerpo, había llegado tarde a la cita con su verdadero gran amor y destino, (con él se hubiera dejado manosear, incluso hasta gustosa, es más, nunca lo hubiera recordado mal, sino muy al contrario). Pero ese día en lugar de ver y disfrutar a su ilusión buscada, al chico de sus sueños, -que por otra parte de haberlo visto le hubiese costado la vida-, solo fue muy manoseada y el manoseo le movió de algún modo la fecha de su muerte en el calendario implacable, en el almanaque que mide al tiempo y marca las horas entre los vivos y que resultó de paso, un maldito descubrimiento del hombre.

Daniela tenía cuerpo de bella mujer que no de mujer bella, (entendiendo lo subjetivo que puede resultar la palabra), claro que esta característica no era nada difícil a esa edad. No, no era nada difícil.

Dany, como le decían sus muy cercanos, se había quedado de ver ese día con un hombre de seudónimo (o nick), Perke a quien conoció por Internet, pero por responder un e mail urgente se le hizo tarde y cuando por fin llegó a la terminal de camionetas ubicada en el jardín de los Niños Héroes de Pachuca donde se había quedado de ver con su amigo virtual, el tipo que se manifestaba por ratos en su computadora, al parecer se había esfumado sin dejar rastro. ¡¡Oh, que malo fue eso para ella, maldita realidad, nada que ver con lo virtual!!

Ya era muy noche, y aún así Dany lo esperó un poco más, so riesgo de perder su transporte colectivo a Santa Mónica, ella era una estudiambre como se decía así misma, es decir estudiante de preparatoria. Sus papás campesinos hacían un verdadero esfuerzo extremo por pagarle su colectivo a Pachuca, pero no le podían subsanar un doble viaje a la ciudad, así que lo que hizo Dany aquella noche fue en verdad muy temerario, pues a fin de cuentas perdió su último transporte y extravió también a su ansiado duende sin antifaz, sin cuerpo y sin rostro, quien nunca llegó, y si acaso lo hizo, se fue muy pronto, sin tomar o sin siquiera probar la miel que guardaba Daniela entre sus piernas, el duende nunca esperó y sin él tampoco esperó la felicidad prometida a la joven, así que Dany no tuvo mas remedio que llorar un rato en la parada de su transporte, el cual ya se había acabado hacía un buen de tiempo-, encogida con las piernas entre los brazos y la soledad, y la cabeza entre el Internet y el despecho, estaba sin calcular, o a lo mejor sí, calculando, el riesgo de quedarse sola en la ciudad y sin forma alguna de regresar a su comunidad, lloraba por eso y también por que regresaría, -si es que pudiera regresar a esa hora, - completamente sola, lloró mucho y mojó sus piernas con ese raro liquido lagrimal. Así estuvo un buen rato, hasta que escuchó una vieja voz conocida. ¡¡Sí, era… su padrino Guillermo!! Un comerciante que también vivía en el pueblo de ella y que se había detenido a preguntar que si alguien iba a Santa Mónica, cobraba por el viaje especial sólo 22 pesos por persona, una ganga considerando la hora. De pronto se encendió la lámpara del ánimo para Daniela en ese universo negro sin Perke, era sólo una velita para la cueva tan negra pero aún así le dio gustó a la joven que por otra parte nunca había dormido fuera de su casa; se levantó presurosa de la fría banca de cemento y corrió al auto, llegaría a su casa sin mayor problema aunque sin un beso o por que no, una entrega corporal amorosa y total al tal Perke, que por lo visto, era sólo un fantasma cibernético.

Tuvo suerte pues le tocó el asiento de adelante, pero además de ella se subió en el mismo asiento doña Gertrudis, -raramente, sin su bote de aluminio-, ella era la tamalera que aunque sólo se dedicaba a esa industria, tenía una de las mejores casas del pueblo y nadie sabía porqué, además era coleccionista de enfermedades, mientras más raras, mejor. También se subió, si bien en la parte de atrás, Jaimito, el borrachales incorregible que casi nunca llegaba a su casa, no por falta de dinero, pues estaba pensionado por el Seguro Social, era más bien por hastío o miedo a su tercera esposa Isabel, por lo que no hacía justificadamente, acto de presencia en ese hogar incompatible.
Y luego se subieron al carro otros dos hombres de edad media, uno blanco y casi güero y el otro mas bien moreno y de menor estatura que el primero.

Todos se sorprendieron de los extraños, pues jamás los habían visto y ninguno de los pasajeros tenía la más remota idea de lo que fueran a hacer aquellos desconocidos a Santa Mónica y sobre todo a esa hora, tiempo en el cual ya casi todos dormían.

Todos se preguntaron mentalmente la posibilidad de que en el pueblo hubiese algún familiar de ellos, pero pronto descartaron la idea, pues conocían muy bien a todos y nadie podría tener una sorpresa así. Es más Guillermo el chofer, les explicó otra vez y muy claramente -a pesar de las copas que ya traía consumidas tal vez en el cabaret “Sabor de la Noche”,- que él iba a Santa Mónica, pero los anónimos y poco confiables viajeros dijeron que sí, que ellos también iban para allá. Así que con estos acuerdos arrancó el coche modelo setentas de color amarillo de Guillermo, el cual pronto dejó las luces de la ciudad.

El camino iba aderezado con música grupera que tanto les fascinaba a todos, especialmente al dueño del coche quien al ritmo de las cumbias movía los dedos en el volante, posiblemente se estaba acordando del bar lleno de chicas risueñas que acababa de visitar, es más, cualquiera le podría reprochar que ese perfume que apestaba de lejos, no era completamente suyo, pues quien era entendido en aromas hubiese opinado que se trataba de un chanel 5, de mujer, claro.

Santa Mónica estaba a sólo 23 kilómetros de la capital, pero en la noche, esa distancia parecía inalcanzable, casi tanto como el océano que separa un continente de otro y sin siquiera una balsa. Nadie hablaba en el carro y sólo la música grupera del radio rompía la soledad de aquellas almas reunidas por la causalidad en un coche viejo. Realmente eso era bien raro, pues Jaimito era muy platicador y hasta divertido. Pero en un momento dado, pareció que todos se habían tragado su propia lengua. Casi como si los viajeros representaran la propia muerte que va por alguien en particular, o estuvieran presintiendo algo inevitable. ¡Que incómodos momentos!

Por su parte Daniela veía las rayas grises de la carretera tan descuidada que era alumbrada sólo parcialmente por los faros viejos del maverik y pensaba que aquel hubiese sido el día más feliz de su vida, y… resultó el peor.

En su escuela y en su pueblo no le hablaba casi a nadie, pues ella consideraba a todos ellos de muy poca monta para sus ilusiones y perspectivas tan altas que su juventud le aconsejaba debía tener.

Sin embargo Perke, su amigo de Internet, sí reunía todos los requisitos para ella y todavía muchos más. La gran impaciencia y ansiedad de ella en esa noche, era llegar lo más pronto posible a su casa, conectarse y explicarle a Perke que había llegado tarde porque tenía que mandar un examen de la maldita escuela para una profesora más que intransigente, que “no sabía de amor, sino sólo de estudios y de exámenes estúpidos que no llevan a ningún lado, y que sólo conducen al vulgar ego de acreditar la miserable materia inútil en la vida de un profesionista. Y que mal que los cerdos que siempre reprobaron y copiaron, ahora que son maestros quieran la perfección en nosotros. ¡Bastardos!”

Llegaron de pronto a un paraje inevitable: ahí no había luz, sonido ni nada. El carro se paró de pronto y todos se bajaron a revisar: el auto no tenía nada, pero la maldita máquina se encaprichó y se negó a continuar, todo parecía parte del plan de un novelista o de un desquiciado. Hacía frío pero aún así tuvieron que bajarse todos los tripulantes para la revisión. Empezaron unos a fumar y otros a platicar.

Daniela cansada, se fue a sentar en una piedra que parecía haber sido labrada por algunos artesanos de una cultura prehispánica solamente para una reina de delicioso cuerpo, (en todo caso habría que esperar el dictamen de un perito del INAH, para ver si esto era cierto), pues aunque la piedra estaba fría, era mas bien cómoda dada la situación tan difícil: de cualquier forma habría que conformarse a que pasase otro carro para que compartiera energía del acumulador pues la del carro de Guillermo ya se había agotado.

La selección natural no fue tan sencilla, pues los viejos no sólo platicaban con los viejos, sino que a los jóvenes no les quedó más remedio que platicar con los viejos.

Daniela se vio envuelta entre los dos desconocidos y cada vez que cerraba los ojos y los volvía a abrir, le parecía más lejano el coche de su padrino, la poca luz de una lámpara sorda más imperceptible e incluso las voces amigas se hacían cada segundo más inaudibles.

El güero y el moreno la asediaban con preguntas extrañas. Ella no tuvo mucha resistencia y eligió en lugar de guardar silencio, defenderse con sus argumentos de joven enamorada. Sabía que no estaba equivocada pues contra su juventud e ilusiones, ni el mismo diablo la podría combatir ni mucho menos ganar en razones o sentimientos. “Aunque esto sea un mal sueño, no me quedaré callada”, dijo para si misma. Y la luna lejos de parecer cómplice de aquella desdicha, parecía más bien la autora de todo, no ministraba rayos de luz lunar, sino gotas de locura que deformaba los rostros de los habitantes de aquella isla de una manera poco aconsejable.

El güero le pareció tímido pero inteligente, el moreno era noble y sensible, aunque no tanto como el otro, o más bien, ¡ella que sabía en esa oscuridad aterradora! Pues de pronto la luz de la luna era cubierta por unos soldados o guardias que no pudo describirlos de otra forma sino como nubes negras y rojas; estaban frente a sus ojos el ángel malo y el ángel bueno, pero cómo saber quien es quien. Ella sólo era una fruta disputada entre el bien y el mal. ¿Pero, por que precisamente ella?, ella que si bien es cierto sabía poco del enamoramiento real, sabía casi todo sobre el enamoramiento virtual.

-¡¡Dios mío!!- dijo el moreno, La luna brillará después de que nuestro cerebro deje de pensar y atormentarse por pensar que piensa en eso, es decir después de que se pudra en la tierra y deje la repugnante vanidad mundana. Maldita conciencia de un sueño que nunca existió- y al decir esto tocó las partes intimas de Daniela y ella pareció estar de acuerdo, es más, abrió las piernas cálidas. Pensó él extraño, pero no para sí, ni siquiera en voz baja pues casi lo gritó: “estas sólo son malditas carnes lascivas que se van a podrir en el mayor silencio y oscuridad de todos los existentes y vistos hasta ahora, que asco tan posterior, ¡gusanos coman, que yo no, incluso esos bichos se alimentarán de esto que a nosotros nos parece bello y no es sino una temporalidad vana, un sueño que nunca existió… gusanos de la tierra que vivirán después que nosotros esperen su comida y su turno, pues esto que tengo en la mano es suyo y no mío, ¡ustedes son mejores que nosotros! ¿Oh, para que quiero esto que se va a descomponer?, ¡quiero algo que sea malditamente superior! Es decir, amor… y no, ¡¡¡esta inmunda intransigencia!!!”

Creo, por que sería muy presuntuoso decir afirmo, que aquella obscuridad iluminada era especial pues la misma noche respondía más preguntas que las que se les pudiesen formular e informaba sobre datos que nadie quería saber.

Entonces el güero intervino y dijo: “Yo nunca he visto a la mujer sino como un divertido y feliz entretenimiento, me vale gorro si morimos, sólo se que gozamos en vida y a mi, si me gusta esto que da literalmente vida”, el güero parecía más intelectual, o al menos mas leído.
Daniela hizo una pausa y comentó todavía con la mano persistente del extraño en su intimidad: “¿Quien te asegura eso?... nadie. Te mueres y por muy gandalla que hayas sido, tú y tus victimas, todos desaparecerán tarde que temprano; así lo quiso y previó Dios. Y ahora que pensamos, hay que apechugar y creer que esto que vivimos o que estamos viviendo, fue alguna vez cierto. Nada es verdad. Ni las fotos que vemos del pasado, ni las historias que cuentan para embobarnos. Ni siquiera tu asquerosa mano sobre mi es verdadera, esto que ahora quieres lo puedes tocar pero a mi alma y a mis pensamientos, nunca. Y no sé si todo sea realmente temporal. Pues dentro de muchos siglos no habrá nadie que de constancia de este momento tan ridículo”.

Habló el moreno: “Todo es un engaño, ahora creemos que sabemos y sentimos, pero el verdadero conocimiento y sentimiento, si es que existen como tal, nunca deben morir. Pero morirán, por eso no son perfectos. Es una ilusión generada en neuronas débiles”. Debemos buscar el desapego a la vida que es lo que provoca el sufrimiento.

Interrrumpió el güero: "¿Tendrán conciencia los espíritus? ¿Tendrán recuerdos?, ¿Se podrán comunicar? ¿Tendrán sentimientos y deseos? ¿Tendrán emociones? ¿Tendrán imaginación? ¿Podrán interceder entre los vivos...? ¿Tendrán sueños aunque sean pesadillas? Podrán tocar y ver a Dios?, ¿Caminarán hacía el infinito? ¿Acaso, existirán, al menos?

Daniela intentó decir algo, o al menos movió los labios, y luego opinó en aquella noche de éxtasis en donde casi ya no le importó que aquellos viajeros de la duración finita la estuvieran manoseando todo el tiempo lascivamente, ella era una mujer, pero los lunáticos no lo hacían con el maldito morbo humano y temporal -o al menos eso dijeron-, lo hacían sólo para conocer la textura de lo que nosotros llamamos una de las partes más bellas de la creación: la ruptura vital, fuente de vida y por que no, de amor.

-¿A que hora sales de tu trabajo?- preguntó Daniela al más joven. Este respondió:
-Mi trabajo no acaba a las cinco de la tarde, mi trabajo acaba cuando me muera y eso quien sabe…

Dijo Daniela al ver el cielo de su rumbo tan como nunca antes lo había visto, con un aire si no nuevo, al menos diferente y después de sentir muchos dedos morbosos en su parte que da hijos, la parte que estaba guardando para el tonto del Chat: “Esto no existió nunca solo es una broma de mal gusto, entendida solo entre los que tenemos razón. Pobres de nosotros creemos cosas que no son. ¡Volteemos hacía el universo!”.

Y de pronto sintió más dedos, eran de un loco que no filosofaba sino que vivía deseando tocar eso que en el futuro sería polvo, debió ser del güero pues era quien se veía más necesitado de tocar a una mujer.

Luego los tipos extraños hicieron beber a Daniela, una bebida común que ellos mismos tomaban muy seguido. Pero aun antes de beber esa porquería, Daniela se hubiera fijado en el cielo de azul profundo; curiosamente era una noche con estrellas y en el infinito podía verse muy claramente las constelaciones. Pero de pronto y de la nada, los luceros se convirtieron en insectos que luego se arrastraron por el cielo, hasta bajar a un papel, y luego se volvieron arañas que se arrastraron caprichosamente sobre una pantalla de computadora, hasta convertirse en letras, y luego en frases y luego en ideas, y éstas finalmente en mariposas que volaron para no dejar constancia nunca de su efímera existencia.

Daniela veía en la noche azul, parecida a un gran monitor de computadora, como se alejaba Perke (él en esos momentos estaba siendo asaltado en su propio auto y balaceado por sus secuestradores).

El güero sólo veía el centro de la humanidad verdadera, con esa poca luz que da el instinto, es decir aquella donde empiezan las piernas bellas de Daniela. Y el moreno decía: “Es el gran consuelo que Dios nos dio a los varones para cuando muramos, lanzar semen intensamente para que el mundo no acabe. Y ellas, su deber es recibirlo para que el mundo no termine tan absurdamente. Esa es la idea de Dios” Éste último parecía más lógico pero el güero se veía mas lascivo e incluso le hubiese gustado poner en el futuro, su dedo de polvo, en lo que a él le parecía terriblemente bello, aunque entonces su objetivo también fuese polvo ya.

-No, -protestó el güero- la humanidad se acabará, así como también el universo, pero Dios no lo hizo de burla, ni siquiera por entretenimiento o experimento, ni mucho menos por error, es su plan y no podemos juzgarlo.

Dijo el moreno: “Es como una película que estás viendo, de pronto no sirve y apagas el reproductor… y adiós”.

Respondió Daniela ante tan contundentes reflexiones. “Háganme el amor los dos, que si salgo embarazada, será pensando en Perke, por que lo amo aunque sea el más vulgar de los seres humanos”

El güero que era el más egoísta de los dos dijo: “No estén tristes con la vida, la vida es para vivirse, pues la tristeza es mala”. Lo dijo mientras acercó sus patas de tarántula horribles que la gente llama dedos a la gran belleza intima de una niña que había pasado a ser mujer en un instante del que nadie se dio cuenta, e incluso fue imperceptible para los gusanos y grillos que se acercaron movidos por una curiosidad poco usual . Que enfermo fue todo eso.

Daniela dijo; es verdad: Cuidado con la tristeza. Y se dejo tocar; supo entonces que era virgen del alma y ahí nadie se podría meter. “No estemos tristes, no pensemos en la muerte, no pensemos en la nada, nadie debe estar triste, pues gozamos de la virtud de Dios y Él prohíbe la tristeza. Agradezcamos a Dios por todo esto, riamos, vivamos, tengamos…tengamos cuidado con la tristeza”.

“Nadie debe estar atormentado con el sufrimiento, la tristeza es impropia del hombre, pues éste tiene todo para ser feliz y regalar sonrisas a sus iguales y desiguales, la vida es ahora, hay que vivir plenamente, tocar, soñar, y adivinar que es lo que las niñas sueñan y como los niños persiguen esos sueños, todo eso es vida. Nunca hay que estar triste, la tristeza es mala, es sólo una pequeña prueba que se puede superar”.

Pero Perke a pesar de las reflexiones ya no podía distinguir entre el egoísmo, la vanidad, los celos por vivir con una mujer manoseada y la tristeza, pues ya estaba en otro plano. Daniela se salvó por haber llegado tarde a la cita con él, se salvó pero sólo por esa noche. Cuando ella muera, otro día y sin previa cita de amor, su espíritu buscará salir de la tumba como todos los espíritus, a ellos nadie los puede enterrar, entonces a ese ente bello llamado el espíritu de Daniela, nadie lo podrá manosear, ni al menos ver, y entonces con toda la calma que permiten los siglos venideros, se sentará en el jardín del panteón, platicará en un lindo amanecer con otros vecinos, verá el cementerio de burlas y lágrimas de vivos, será dueña de las flores, y hará el amor con los pajarillos, entonces recordará que tuvo un momento para ser manoseada en su cuerpo mortal y quizá deje escapar una sonrisa pícara.

Y que eso, -el manoseo-, era algo que todos los mortales veían si no mal, al menos inapropiado. De pronto ella reirá al ver que un enfermo sentado en otra tumba en día repleto de sol, quiere tocarle su intimidad, (-era el güero, en tanto el moreno movía la cabeza desaprobando el intento y Perke estaba en otro extremo, pero seguía siendo virtual-). Y entonces el enfermo que también será sólo otro espíritu no podrá tocar al espíritu de Daniela, ambos reirán y entonces Dios los reprenderá a todos por burlarse de lo que no existe.

24 de julio de 2007

HOSPITAL DE SENTIMIENTOS DESAHUCIADOS

Os saludo hermanos ebrios, que como yo, lo están por falta de mujer! Pero ahora, ya cerrarán esta miserable pocilga apestosa y comercial, por lo que pronto nos tendremos que ir; en tanto, permítanme que alce mi copa titubeante como despedida mientras miro alrededor, sólo para buscar muy ansioso, necio y ciego, migajas de amor, debe sobrar algo por ahí, a lo mejor acá, a lo mejor allá, no creo que nadie pueda llevarse todo. No creo.
Ahora, y si estoy muy de buenas y con algo de suerte, puede que en aquella mesa vacía de personas -aunque llena de ceniza de cigarro, pisadas y vasos sucios-, encuentre algún residuo de amor. ¿Porqué no?
Y entonces lleno de frustración por falta de coqueteo que se compra, lancé furioso al piso de color verde, el candado abominado; y de pronto sin esperarlo, la hechicera sin escoba pero con cuerpo de mujer me susurró al oído y me estremeció tan sólo con acercarse a mi con esa sonrisa triunfante aunque a sabiendas peligrosa. Me invitó a ser, para ella, el último hombre de esa noche maldita de pocos clientes, el último, pero nunca el primero. Y mareado por las luces y perversas sombras, me sentí el más importante, sólo por la oportunidad que me dio de tocar con mis ilusiones locas, su burlón corazón de dama que busqué entre sus cálidos muslos. Es la mujer-gata que cuenta historias fantásticas en la penumbra solitaria a cambio de dinero. Tengo monedas sucias para pagar su incontenible vomito. Viene con las alas extendidas, con la victoriosa varita mágica en la mano y la dulce promesa inmunda entre las piernas. Ahora seré su cerdo, si es que ella accede a contarme sus mentiras asquerosas y acepta, borracha, mis monedas que fueron arrancadas del lodo. ¡Malditos los humanos que no han sufrido! Maldigo a los locos que viven encerrados en el Cofre de Oportunidades Vacías, devorando pesadillas de desencanto, bebiendo adioses olvidados. Sí, ya me voy, (o me corren por falta de dinero o exceso de necesidad), después de oír un cuento caprichoso y vulgar, dejaré como propina cuatro estúpidas desilusiones. Salgo a la calle mucho mas contrariado que antes, respiro el aire fresco de la madrugada, pienso en no regresar a ese horrible castillo de espantos, veo la luna, comprendo entonces parte del cuento-, y camino a paso rápido para vencer a la distancia-, pero al respirar el aire frío de la madrugada que da nuevas oportunidades para vivir, al salir del callejón obscuro empiezo a creer en Dios otra vez, y ¡¡EMPIEZO DE NUEVO A VIVIR!!, si bien faltan todavía muchas anécdotas que contar del bar embrujado: Lo recuerdo ahora que estoy solo en mi cama sin poder dormir. ¡Ah como quisiera tener dinero para regresar mañana a ese lugar de corazones apartados que vende ilusiones y amor! -un mercado de caricias de diferentes precios- y poder ir a escuchar el final del cuento subyugante. ¡Quien tuviera dinero para presumir y poder abrir las puertas de esa barraca, y platicar con las extrañas hadas que habitan en él ! Vuelan de un rincón a otro, por eso nunca podré atrapar a ninguna de ellas. Ni con todo mi amor que es bastante, ni mucho menos con mi poco dinero, que es bien poco. Salud.