10 de febrero de 2018

ENERGÍA ENAMORADA

Llegó mi turno para mudar de vecindario, se acabó el contrato, pero antes de dejar mi vieja casa, revisé algunos sitios de ella, por si olvidaba algo. Luego recordé que no tenía maleta para llevar nada y desistí de acto tan inútil. Busqué, miré y de pronto vi ese cuartito que está en la parte de atrás y que no sé si por nostalgia o pereza, nunca destruí, me dieron ganas de entrar, aunque tenía un viejo candado que puse un día que estaba en mi sano juicio. Rompí mis propias reglas y en un arrebato, entré. 
Encontré el lugar sombrío, olvidado como era la intención. Entre polvo y telarañas, todavía pude ver ese librito de la vanidad, lo tomé en las manos y se deshizo de viejo, -eso quiero pensar, no creo que lo haya destruido yo a propósito-. Ya no recuerdo, mi mente dejó de cooperar conmigo desde hace mucho. No me perdona muchas cosas. Es tan egoísta y rencorosa.

En una pared colgaba un cuadro singularmente bello, se llamaba Oración de la Mañana. Lo leí y me atrapó, pero como mi mente aún no se desenojaba conmigo, entendí que eso no es una oración, o si lo es, debería cambiársele el nombre, creo que debería llamarse “Pliego petitorio”, con emplazamiento a huelga, pues en todo el discurso amable y hasta sincero, sólo se le piden cosas a Dios: Fuerzas para seguir, entendimiento para el buen camino, aceptación para lo irremediable y en fin una serie de solicitudes a lo mejor sentidas pero muy ególatras. De hecho, creo que el Padre Nuestro no es una alabanza, son las siete peticiones que tiene cualquier humano cobarde. Sin embargo es la única oración que me sé y por eso la recito a veces. Pedir fuerzas a Dios significa que uno es un holgazán o un incapacitado y queremos que otro haga el trabajo que nos corresponde. Es irresponsable.

Creo que orar, para mí, significa reflexionar, evaluar, entender, aceptar, y sobre todo, AGRADECER, yo todas las mañanas pasó a mi iglesia de San Francisco, antes de registrar mi entrada laboral, y casi nunca pido. Agradezco, lleno de vergüenza, por las cosas buenas que tengo y a lo mejor no merezco. Es verdad lo reconozco, a Dios le he pedido amor, eso sí, y a veces mucho. Porque yo se lo doy, en realidad y con ese atrevimiento inconsciente que me caracteriza, le pido por los seres que amo, antes le pedía mucho perdón, pero ahora ya no. Sé que no merezco clemencia alguna y prefiero ser más inteligente y no perder el tiempo que además es muy poco, para pedir misericordia. Ya me sentiré mejor cuando pague mis errores, debilidades y pecados. Al fin soy humano y mortal. A Dios le ofrezco mi felicidad infinita, mi sufrimiento limitado y todo mi amor. No más.

Lo que sí hago es agradecer y tratar de sonreír a la gente, de no ser tan deshumano, de no ser un maldito protagonista, de dejarme llevar por el viento suave, soy una hoja de árbol más. Un pasajero de las escaleras eléctricas que se forma disciplinadamente para bajar.
Ayer que venía de la ciudad de México a la que fui para hacerme un estudio médico, - en realidad, todo eso lo hago para que no me estén diciendo de cosas porque no me atiendo-, vi que en la carretera había miles de autos, y pensé: “Los que vamos en esta dirección, acaso vamos a cumplir con nuestro destino, casi todos con ansiedad, porque estamos cansados. Metafóricamente vamos a la muerte, en tanto, los que vienen en dirección opuesta, van al nacer, a enfrentar la vida y luego tomarán el camino de regreso, es decir, a la nada. ¿De eso tan simple se trata la vida? “

Y mientras estaba dentro de ese aparato tecno-médico, -que me dijeron iba a durar veinte minutos la sesión sin que yo me pudiera mover-, para no asesinar a mi mente que habita en esta casa ya deteriorada por varios temblores, y para tener una idea aproximada de cuanto son esos veinte minutos de tortura, me puse a cantar completo el álbum Abbey Road, dura 47.15 segundos, o sea que cantando el lado A y parte del B, pronto saldría de eso. Así lo hice. ¡Gracias Beatles, recordar cosas bellas en momentos difíciles, no resuelven, pero ayudar a mitigar! La que me costó trabajo y que creo omití tiempo, es la de “I want you”. Las demás canciones, creo que mentalmente, las canté completas.

Poco después de eso, en un gran centro comercial (creo que es  el más grande que he visto hasta ahora), donde fluyen miles de corazones palpitantes, ideas, miedo, sangre, inconciencia, dinero, vanidad, juventud, vejez y por supuesto cientos de chicas guapas que nomás de verlas, no crees que esto tenga fin, pero que en realidad son un refrigerio, una ayudadita a bien morir. Un maquillaje mental nunca fue un estorbo. Siempre he pensado que la mujer es el azúcar del café. Uno ve con envidia, con sorpresa, lo maravilloso e injusto que es la vida. A veces el don de la reflexión es un castigo. Causa mucha impotencia ver tantas y tantas cosas: Personas que simplemente son felices y otros que nos atormentamos por no saber cuántas gotas tiene el mar, en lugar de ser felices. (Es como querer soplar aire en la cara con un abanico dentro de un cuarto caluroso, cuando en la calle hay mucho aire fresco y divertido que alegre nos espera) ¡Y vaya que me sobran motivos para ser feliz!  Hasta mis enfermedades y carencias son una fuente de felicidad, si les encuentra uno el sentido y el porqué.

En fin, creo que todo es un reto de Dios, para no aburrirnos y para alcanzar algún grado de conciencia, porque yo creo que es eso, y no la bondad del todo, lo que nos lleva a Él.
En ese centro comercial, como siempre, me puse a pensar: Las estrellas son infinitas, no se pueden ni calcular, y el físico que aventure una cifra, es simplemente un merolico. Lo que sí existe, pero que tampoco nadie lo puede saber, (es decir una cantidad límite al menos hasta el día de hoy), es ¿cuantas piezas dentales existirán en las bocas de las personas? Para eso sí hay un número. Eso pensé cuando una chica sonrió y mostró parte de su estructura ósea dental. No se puede saber,  pero al menos soy el único que piensa en esas bobadas. Yo siempre pienso en las cosas más simples de la vida y me asombran por su complejidad.

Seguí buscando en ese cuarto de trebejos, que honestamente olía mal y de pronto encontré un ente medio escondido, lamiéndose las heridas como un perro que no tiene para pagar a un veterinario, un órgano vivo, que palpitaba, confieso que curioso me acerqué. Esa cosa antiestética  ya estaba muy débil y muy vieja, sin maquillaje, con muy poco pelo delgado y canoso y sin dientes,  aun así me miró y me sonrió. Me coqueteó el maldito con esa sonrisa de moribundo que nadie puede soslayar. ¡Chantajista! Y por primera vez en mi vida y sin lástima, le dije: “Hola amigo” Después cambió su sonrisa conciliatoria y lloró, me abrazó. Yo voltee a mirar  al cuadro de las oraciones, esa de la Oración de la Mañana, porque no quería que me viera llorar, ni quería que me dijera “papá”. Yo era un orgulloso hasta ese día. De todos modos le pedí perdón y luego cantamos algunas canciones juntos. ¡La pasamos bien! Era nuestra despedida. Era mi corazón.

Preguntas hay, respuestas no, a veces es al revés. Eso es la vida y es compleja, pero vale la pena llegar hasta el último segundo. No soy polvo enamorado, sólo soy, una breve, y acaso, no una bonita energía enamorada, de color azul. Pero soy.



2 comentarios:

Berta Badillo dijo...

Cómo siempre me quedó maravillada con su lápiz incansable de compartir la escencia, talento, corazón y sensibilidad de su ser. El pasaje de la vida es extensa, pero, en unos fragmentos hermosos Ud. , convirtió el dolor en enseñanza, en amor, en un destello de luz. Mi admiración y cariño de siempre.

Anónimo dijo...

Querido amigo gracias por coincidir en esta vida.... Hasta pronto, buen camino hacia la luz

Epd querido Alraro